UN ENCUENTRO INESPERADO

“Ya estoy para ser sacrificado y en este momento me acuerdo como el Señor me alcanzó. Ya el tiempo de mi partida ha llegado. ¿Tengo miedo a morir? Sí, lo tengo, pero con conciencia limpia puedo decir que he peleado una buena batalla. he acabado la carrera, he guardado la fe.

Ciertamente, mi encuentro con el Señor en el camino de Damasco fue decisivo; a partir de allí cambiaron muchas cosas en mi vida; pero no fue tan sencillo cambiar de rumbo como parece. Ahí me encontraba yo, en el piso, tirado por el caballo; pregunté: “¿Quién eres Señor?”. Y él me respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Ahora levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hech 9,5-6).

A causa de la gloria de Dios me quedé ciego, no podía ver, estaba muy confundido. En ese momento, fui llevado de la mano a Damasco, pasé tres días sin ver, sin comer ni beber. Ahí comenzó un largo y lento proceso de reflexión en las escrituras y de procurar descubrir la voluntad divina en los acontecimientos diarios.

La comunidad cristiana de Damasco y más tarde la de Antioquía me ayudaron, me protegían de los de mí nación; aunque muchos todavía sentían desconfianza, no podían creer que yo, que era su más temido perseguidor de pronto comenzara a anunciar también la salvación por medio de Jesús.

Ananías fue el primero en orientarme. Aún recuerdo sus palabras: “Saulo, mi hermano, el Señor Jesús me ha enviado a ti, el mismo que se te apareció en el camino, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Inmediatamente fui bautizado en el nombre de Jesús.

Muy pronto comencé a predicar en las sinagogas, y vinieron también las dificultades, la persecución de los de mi nación. Más tarde fui a Arabia y después de tres años subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro (Gal 1,18), seguido, fui a las regiones de Siria y Cilicia, donde se encontraban dos ciudades muy importantes para mí: Antioquía, desde la cual más tarde emprendería el primer viaje misionero en compañía de Bernabé, y Tarso, mi ciudad natal. Pasaron aproximadamente catorce largos años, antes de lanzarme de lleno a la misión.

Ahora el señor me ha afirmado y puedo decir que “Todo lo que tenía como ventaja y privilegio lo juzgo como basura a causa de mi Señor Jesús. Ahora bien, no quiero decir que haya alcanzado perfección, sino que continué mi carrera queriendo alcanzar mi meta, y olvidando lo que dejé atrás me lance a lo que tenía por delante, corriendo firmemente hacia la meta, al premio al que Dios me llamaba desde lo alto en Cristo Jesús” (Flp 3,7.12-14).

¡Ya llegan por mi……, Ya están aquí!
-¡Saulo Paulo de Tarso, Ciudadano Romano, hemos venido por ti.
– Aquí estoy, pero mi nombre es Pablo.

Bendiciones.

Para recordar:
Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún. Heb 6.10

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